El zorro salvaje de Baizhang (Karma y Libertad)
Cada vez que el maestro Baizhang impartía una plática sobre el Dharma, un anciano de cabellos blancos solía sentarse al fondo de la sala a escuchar con los monjes y se retiraba en silencio al terminar.
Un día, al finalizar el discurso, los monjes salieron pero el anciano permaneció inmóvil. Baizhang se acercó y le preguntó: «¿Quién eres tú que te quedas aquí?».
El anciano respondió con pesar: «En los tiempos del antiguo Buda Kashyapa, yo era el abad de este monasterio. Un día, un estudiante me preguntó: '¿Acaso un practicante que ha alcanzado la iluminación sigue sujeto a la ley del karma y de la causalidad?'. Yo le respondí con ligereza: 'Un hombre iluminado no cae bajo la ley de causa y efecto' (不落因果 - Fu raku inga)».
«Por haberme apegado a esa falsa trascendencia espiritual, renací durante quinientas vidas en el cuerpo de un zorro salvaje. Te ruego, maestro, que me concedas una palabra de verdad para liberarme de este cuerpo animal».
Baizhang asintió: «Hazme la misma pregunta que te hicieron a ti». El anciano preguntó: «¿Cae un hombre iluminado bajo la ley de causa y efecto?».
Baizhang respondió con firmeza diamantina: «Un hombre iluminado no oscurece ni ignora la ley de causa y efecto» (不昧因果 - Fu mai inga). Al oír estas palabras, el anciano despertó y su espíritu quedó libre al instante.
El peligro del falso despertar espiritual es el cinismo: la trampa de pensar 'todo es ilusión, así que nada importa'. El verdadero Zen es infinitamente humilde y ético. Comprender la vacuidad no te da permiso para descuidar el mundo; al contrario, te hace profundamente compasivo, sabiendo que cuidar de los demás es cuidar de ti mismo.
Wumen comenta: Decir 'no cae bajo la causa y el efecto' es caer en el nihilismo arrogante: creerse por encima de las leyes de la vida. Decir 'no ignora la causa y el efecto' es vivir en armonía lúcida con el orden del universo. La iluminación no es una coraza para eludir la responsabilidad de tus actos: es la lucidez absoluta de que cada pensamiento, palabra y acción tiene su eco sagrado en el tejido de la existencia.