El loro enjaulado y el mensaje secreto
Un próspero comerciante de Persia tenía encerrado en una primorosa jaula de bronce a un loro bellísimo y de melodioso canto. El hombre lo cuidaba con esmero, le daba las mejores frutas y se deleitaba con sus palabras.
Un día, preparando una larga expedición comercial hacia las selvas de la India, el mercader reunió a sus siervos y les preguntó qué regalo querían que les trajera. Al acercarse a la jaula, le preguntó también a su amada ave: «Dime, querido loro, ¿qué obsequio deseas de tu tierra natal?».
El loro suspiró y respondió: «No deseo oro ni semillas exóticas. Únicamente te pido que cuando pases por las selvas de la India y veas a los loros libres volando en bandadas, les des este recado: “En mi casa de Persia vive un loro enjaulado que os envía saludos. Pregunta cómo podéis vosotros volar en las ramas del cielo mientras él pasa sus días cautivo en una celda de metal”».
El mercader viajó a la India y, al divisar una bandada de loros en la copa de un árbol milenario, les transmitió fielmente el mensaje. Apenas pronunció las palabras, uno de los loros en la rama más alta comenzó a temblar, cayó en picado al suelo y quedó tendido inmóvil, con los ojos cerrados y las alas rígidas, como fulminado por un rayo. El mercader, consternado, pensó que aquel loro era familiar del suyo y que había muerto de pena por el cautiverio de su pariente.
A su regreso a Persia, el mercader fue a saludar a su loro. El ave le preguntó ansiosa si había transmitido el mensaje. El hombre titubeó: «Sí lo hice... pero me temo que causó una tragedia. Uno de tus congéneres, al oír tus palabras, se desplomó al instante sin vida».
Al escuchar esto, el loro de la jaula se estremeció de la cabeza a las patas, cerró los ojos, cayó de su percha al fondo de la jaula y quedó tieso, frío e inmóvil. El comerciante prorrumpió en llanto: «¡Ay de mí! ¡He matado a mi fiel compañero con mi propia lengua!».
Con lágrimas en los ojos, abrió la puertecilla de bronce, tomó el cuerpo inerte entre sus manos, lo colocó delicadamente en el alféizar de la ventana abierta y fue a buscar un paño para sepultarlo. En ese mismo instante, el loro batió sus alas con vigor sobrenatural, alzó el vuelo y se posó triunfante en la rama más alta del nogal del jardín.
El mercader, boquiabierto, gritó: «¿Qué significa este prodigio? ¿Quién te enseñó semejante truco?». El loro sonrió y le dijo: «El loro sabio de la India me envió la respuesta más perfecta sin pronunciar una sola palabra: me enseñó que lo que me mantenía prisionero era mi canto, mi vanidad y mi gracia. Me transmitió la vía secreta de la liberación: “Muere a lo que crees ser, finge tu muerte al mundo del apego, y solo entonces serás verdaderamente libre”».