El tigre y la fresa silvestre
Un monje caminaba por una planicie solitaria cuando de pronto se topó con un tigre feroz que se lanzó en su persecución. El hombre corrió desesperado hasta el borde de un acantilado escarpado.
Para salvar la vida, se agarró a la raíz de una parra silvestre y se descolgó por el precipicio. Abajo, en el fondo del cañón, aguardaba otro tigre hambriento con las fauces abiertas esperando su caída.
Suspendido en el vacío sostenido solo por la liana, el monje observó que de una hendidura de la piedra salían dos ratones, uno blanco y otro negro, que comenzaron a roer metódicamente la raíz que lo sostenía.
En ese instante supremo, el monje divisó a pocos centímetros de su rostro una pequeña fresa silvestre roja y brillante creciendo entre las grietas. Con una mano se sujetó a la cuerda y con la otra arrancó el pequeño fruto y se lo llevó a la boca.
Cerró los ojos, saboreó el jugo y exclamó desde el fondo de su corazón: «¡Qué dulce sabor!».
Nuestra mente arruina el presente angustiándose por problemas que aún no han sucedido o lamentando pérdidas del pasado. Recuerda que la muerte es segura y que el tiempo corre sin freno. En lugar de vivir en la zozobra, saborea plenamente el aire que respiras, el paso que das o el té que bebes: cada instante contiene la totalidad de la eternidad.
El tigre superior es el pasado que te persigue; el tigre inferior es el futuro y la muerte cierta que te aguarda. El ratón blanco es el día y el ratón negro es la noche, devorando la cuerda de tu vida biológica. La mente ordinaria se desespera ante el abismo y se ahoga en el pánico. El corazón despierto no vive ni en el ayer que huyó ni en el mañana que aún no existe: se entrega con devoción total a la dulzura inmaculada del único instante que es real.