El ladrón y la luna
El monje ermitaño y poeta zen Ryokan habitaba una pequeña choza de madera al pie del monte Kugami. No poseía más pertenencias que un cuenco para recibir limosnas y la raída túnica que vestía.
Una noche luminosa, un ladrón entró a hurtadillas en su choza mientras Ryokan paseaba por el bosque. El ladrón registró cada rincón, levantó las esteras y con gran frustración descubrió que en la vivienda no había absolutamente nada que robar.
En ese instante Ryokan regresó. Al ver al ladrón con las manos vacías y gesto desencajado, le sonrió con infinita bondad: «Has hecho un camino largo y escarpado para visitarme, hermano, y no consentiré que te vayas con las manos vacías».
Ryokan se despojó pacíficamente de su propia túnica de abrigo y se la ofreció como un don sagrado. El ladrón, avergonzado y temeroso, tomó la prenda y huyó corriendo en la noche.
El maestro Ryokan quedó sentado, desnudo y en profunda calma, mirando por la ventana hacia el cielo sin nubes donde resplandecía una magnífica luna llena. Suspiró con amor: «Pobre hombre... ojalá le hubiera podido regalar esta hermosa luna».
El miedo a la pérdida es la raíz de la mezquindad y la defensa del ego. Ryokan experimentaba tal abundancia interior que ni la desnudez en pleno invierno podía empobrecerlo. Pregúntate qué es aquello que temes perder, y descubrirás la atadura donde tienes aprisionada tu libertad.
La riqueza verdadera reside en la ausencia de apego. Quien comprende que es uno con la totalidad no teme a la pérdida material, porque sabe que todo el universo es su propia casa y la luna brilla en su propio corazón.