Los dos monjes y la muchacha
Dos monjes zen, Tanzan y Ekido, viajaban juntos por un sendero rural que las lluvias torrenciales habían transformado en un barrizal intransitable.
Al llegar a un cruce de caminos donde un arroyo desbordado formaba un profundo remolino de fango, encontraron a una hermosa joven vestida con un primoroso kimono de seda. La muchacha miraba con desesperación las aguas sucias, temerosa de arruinar sus vestiduras y sin poder continuar su marcha.
Sin titubear un solo instante, Tanzan se acercó a ella: «Ven, muchacha, sube a mis brazos», le dijo con naturalidad. La alzó con cuidado, la llevó al otro lado del torrente cruzando el fango hasta las rodillas y la depositó suavemente en suelo seco. La joven le dio las gracias con una reverencia y los dos monjes prosiguieron su viaje.
Ekido caminaba en un silencio tenso y sombrío. Durante horas no pronunció una sola palabra, pero su rostro reflejaba una agitación creciente y una indignación que no paraba de rumiar en su pecho: las reglas monásticas prohibían severamente a los monjes tocar a una mujer, y Tanzan no solo la había tocado, sino que la había llevado en brazos.
Al caer la noche, cuando llegaron al monasterio donde iban a refugiarse, Ekido no pudo contenerse más y explotó: «¿Cómo pudiste hacer algo semejante? ¡Sabes perfectamente que nuestros votos sagrados prohíben a los monjes acercarse y tocar a una mujer! ¿Por qué la tomaste en tus brazos y la cargaste?».
Tanzan lo miró con calma, una dulce sonrisa en los labios y los ojos rebosantes de compasión: «Hermano mío», respondió sosegadamente, «yo dejé a esa muchacha en la orilla del camino hace más de cinco horas. Dime: ¿por qué la sigues cargando tú todavía?».
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