Los dos lobos en el corazón
Una noche clara y cuajada de estrellas en las grandes praderas, un anciano sabio de la tribu se sentó junto al fuego crepitante con su joven nieto. El muchacho venía triste y con el ceño fruncido tras una amarga disputa en la aldea.
El anciano atizó la leña con una vara de roble, miró profundamente las brasas doradas y dijo con voz suave: «Hijo mío, en el pecho de cada ser humano se libra una terrible batalla. Es una lucha feroz entre dos grandes lobos que habitan en nuestro corazón».
«Uno de los lobos es la sombra del miedo y la discordia. Es la ira, la envidia constante, los celos corrosivos, la amargura de la queja, la arrogancia del ego, la autocompasión y la mentira que nos hace creer que estamos solos y separados del resto de la tribu y de la Madre Tierra».
«El otro lobo», continuó el abuelo tocando el pecho del muchacho, «es la luz de la presencia viva. Es la paz inalterable, la alegría serena, la gratitud por cada aliento, la compasión infinita, la generosidad sin condiciones, la verdad desnuda y la fe profunda en la Gran Red Sagrada que une a todas las criaturas».
El niño escuchó en silencio, contemplando las sombras danzantes de las llamas en los árboles ancestrales. Su corazón latía con fuerza al verse reflejado en aquella batalla íntima. Tras meditar unos instantes, alzó sus ojos húmedos y preguntó con ansiedad: «Dime, abuelo... ¿cuál de los dos lobos ganará la pelea?».
El anciano sabio sonrió con la ternura milenaria de su pueblo y le respondió: «Aquel al que tú decidas alimentar cada día con tu atención».
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