La vasija agrietada
Un aguador de la antigua India transportaba cada día agua fresca desde el manantial de la montaña hasta la casa de su señor. Llevaba sobre los hombros un resistente palo de bambú del cual colgaban dos grandes cántaros de arcilla, uno a cada extremo.
Una de las vasijas era perfecta, compacta y bien cocida: conservaba hasta la última gota de agua tras el largo trayecto bajo el sol. La otra vasija tenía una profunda grieta en su costado, por lo que, al final del sendero, solo conservaba la mitad de su carga.
Durante dos largos años, esta escena se repitió día tras día: el aguador entregaba únicamente una vasija y media de agua en la mesa señorial. La vasija intacta rebosaba de orgullo por cumplir impecablemente con su propósito. En cambio, la pobre vasija agrietada se sentía profundamente avergonzada de su imperfección, sintiéndose inútil por rendir solo la mitad de lo esperado.
Una mañana, junto a la orilla del manantial cristalino, la vasija fisurada no pudo contener más su pena y habló al aguador: «Te pido perdón desde lo más hondo de mi corazón. Me siento miserable al ver que por causa de mis grietas pierdes la mitad de tu esfuerzo y de tu recompensa».
El bondadoso aguador la miró con ternura y una sonrisa serena: «Cuando subamos hoy por la colina hacia el palacio, te ruego que mires atentamente al borde del sendero».
Mientras ascendían la colina, la vasija rota alzó la mirada y vio que a su lado del camino crecía una franja exuberante de hermosas flores silvestres de mil colores, llenando el aire de una fragancia embriagadora. Aun así, al llegar a la cima y notar que de nuevo había perdido la mitad de su agua, volvió a bajar la mirada con tristeza.
El aguador entonces le dijo con voz apacible: «¿Te has fijado en que las flores solo crecen en tu lado del sendero, y ninguna en el de la vasija perfecta? Yo siempre supe de tu grieta y quise aprovecharla: sembré semillas de flores a lo largo de tu costado y, cada día mientras caminamos hacia casa, tú te has encargado de regarlas pacientemente. Durante dos años he decorado la mesa de mi señor con estas flores maravillosas. Si tú no fueses exactamente como eres, con todas tus grietas, esta belleza jamás habría alegrado nuestro hogar».
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