La taza de té rebosante
Durante la era Meiji en Japón, un reputado profesor universitario de filosofía acudió a visitar al maestro zen Nan-in para interrogarle sobre el significado del Zen y el misterio de la iluminación.
El profesor, hombre elocuente y cargado de títulos, no dejaba de hablar: exponía sus teorías sobre el budismo, citaba textos sagrados y comparaba las diferentes escuelas de pensamiento oriental y occidental, mientras el anciano maestro escuchaba en silencio con una suave sonrisa.
Nan-in le ofreció una taza de té para calmar el calor del viaje. Tomó la tetera humeante y comenzó a verter el té en la taza del visitante con movimientos pausados y armoniosos.
La taza se llenó rápidamente, pero el maestro no detuvo el flujo. Continuó vertiendo y vertiendo sin inmutarse. El té superó el borde, desbordó el platillo de porcelana y comenzó a derramarse en cascada sobre la pulida madera de la mesa de meditación, empapando las esterillas de tatami.
El ilustrado profesor observó el desastre hasta que no pudo contenerse más y exclamó alterado: «¡Basta, venerable maestro! ¿No ve que la taza está completamente llena? ¡Ya no cabe ni una sola gota más!»
Nan-in se detuvo con parsimonia, posó la tetera y clavó su mirada serena y lúcida en los ojos del profesor: «Exactamente igual que esta taza», dijo con dulzura, «te encuentras tú: colmado hasta el borde de tus propias opiniones, teorías, certezas y juicios preconcebidos. ¿Cómo pretendes que te muestre qué es el Zen si primero no vacías tu taza?»
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