La cuerda y la serpiente
Al caer el crepúsculo en un camino solitario entre las aldeas de la antigua India, un hombre regresaba a su casa tras una ardua jornada. La luz del sol se había extinguido y solo una débil penumbra cubría la vereda de tierra.
De pronto, al doblar un recodo bajo un gran baniano, el viajero divisó a pocos pasos frente a él una figura oscura y sinuosa enrollada en el polvo. Creyó ver la cabeza erguida de una cobra venenosa, lista para abalanzarse sobre él.
El terror más absoluto se apoderó de todo su cuerpo. Su corazón se desbocó en el pecho, un sudor gélido recorrió su espalda y sus piernas quedaron clavadas al suelo. El pánico le impedía dar un paso adelante o atrás, convencido de que cualquier movimiento desencadenaría una mordedura letal y su propia muerte.
En ese instante apareció otro caminante que portaba una brillante linterna de aceite. Al ver al hombre paralizado y temblando de espanto, le preguntó la causa de su aflicción. Con la voz entrecortada, el hombre señaló al suelo: «¡Cuidado! ¡No te acerques! ¡Hay una serpiente letal esperándonos en el camino!».
El recién llegado alzó la lámpara y proyectó un haz de luz dorada y nítida directamente sobre el objeto en el suelo. Ambos miraron con atención: no había escamas, ni colmillos venenosos, ni reptil alguno. Era únicamente un trozo de vieja cuerda de cáñamo, enrollada y abandonada por unos carreteros.
En una fracción de segundo, el miedo atroz que había torturado la mente y el cuerpo del viajero desapareció por completo sin dejar rastro. La serpiente nunca tuvo que ser combatida, apedreada ni ahuyentada: bastó la luz de la verdad para revelar que jamás había existido.
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